jueves, 2 de octubre de 2008

CON LA VIDA EN UN HILO


Con la vida en un hilo
Miguel Godos Curay

Si volviéramos a nacer es probable que elijamos ser periodista. Somos dueños de abrumadores satisfacciones que nos ha dado el periodismo. Hemos leído lo suficiente como para no sentirnos ignorantes en muchas cosas de curiosidad tan diversa y concentrada como la física cuántica o el lenguaje de las hormigas. Seguimos leyendo. Confieso, con extrema sinceridad, que periodista que no lee y no escribe. No lo es. No somos ricos y la fortuna de la que nos preciamos es el haber disfrutado de gozosos privilegios humanos esquivos para los que prefieren medir sus éxitos personales por dinero el que, con sinceridad, nunca llegan a disfrutar. Nuestra fortuna es la vivencia inasible pero inolvidable. Vivimos de la noticia y somos noticia a la vez.
Vivimos con la vida en un hilo sin ser equilibristas. Quienes admiran nuestras causas nos consideran sus héroes personales. Pero quienes nos odian, que no son pocos, ponen precio a nuestras cabezas. Gracias a Dios tenemos más vidas que un gato. Somos como el ácido muriático para los corruptos y nuestro peor yerro es engolosinarnos con el poder. Por eso es siempre bueno inmunizarnos con la vacuna triple de la verdad, la ética y la sinceridad consigo mismo. Una conciencia sin ataduras brilla más que el oro y resplandece como la joya más hermosa de la que somos exclusivos propietarios.
Muchas veces somos incomprendidos porque el mayor tiempo de nuestra vida se lo comió la calle. Dicen que somos idealistas y que andamos como don Quijote deshaciendo entuertos por el mundo. Otros nos alaban por aquello que a los periodistas es bueno tenerlos a favor que ser víctimas de sus dardos o de su olvido. Hay quienes creen que los periodistas se compran con dinero o con prebendas y hay quienes se dejan comprar como fofas meretrices al mejor postor. Son los periodistas sanguijuelas, privados de memoria y de decoro. Son una especie detestable que no se regodea con la inmundicia y que vive chupando las ubres del poder.
Periodistas los hay buenos y malos como en todas las profesiones. Los buenos casi siempre se distinguen porque no tienen ataduras en la lengua para proclamar su verdad. Lo otros viven del pacto infame de hablar a media voz. Son por todos conocidos entre la fauna vergonzosa de adulones, peseteros, pedigüeños, caga tinta, obtusos y los patibularios. Por supuesto hay periodistas que hacen de su vida un noble servicio público.
Lo que sucede es que en este territorio tan trajinado por el irrestricto derecho a la información pública también transitan con patente de corso una cofradía interminable de cretinos, mercaderes y vividores. Hay que distinguir, sin embargo, como el trigo de la paja, a quienes hacen de su profesión un servicio indeclinable a la sociedad de los que se sirven de esta función pública para sus intereses personales siempre ajenos a los de la sociedad. Uno sirven los otros se sirven. Unos tienen la bandera de la ética y la moralidad lo otros como los barcos piratas llevan la bandera de la desinformación, la amoralidad y la inmoralidad. Nuestra gratitud y recuerdo a esos periodistas apasionados, que tecleando su Remington resolvían los problemas del mundo. Ellos son una causa para vivir que es lo mismo que vivir por una causa tan enorme como el amor a la verdad.

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